Leer tomando café. Primer libro de la serie Relatos temáticos.

Relatos temáticos: N° 1 Leer tomando café / N° 2 Subiendo la cuesta. 




Relatos temáticos:

N 1: Leer tomando café

Es un libro que agrupa relatos breves que generan en el lector fuertes sensaciones. Ningún texto deja indiferente. Las historias llevan a reflexionar y provocan congoja, risa, nostalgia… Mientras las leemos surge la sensación de volver a tener en nuestras manos esa taza de café cuyo calor y sabor nos ha acompañado en algunos momentos que guardamos en nuestra memoria.


En Leer tomando café se describe a personajes de quienes se enamorarán, y otros sin alma. Historias…, como la vida, que reflejan resiliencia o abandono.


El café acompaña todos los momentos, está siempre presente: se disfruta con la mejor vista al mar, o en un bar dejado de la mano de Dios, que cobija a prostitutas.


Se sugiere leer las historias tomando un expreso o capuchino, un carajillo o un café bombón, un frappuccino, un café con leche o uno con hielo. En fin, está hecha la invitación para salir de la zona de confort y dejarse arrastrar por las corrientes de sentimientos.  


Quedan advertidos: los relatos los conmoverán; no quedarán indiferentes a los motivos que surgen, en cada texto, para generar emociones… 

 

Las mellizas Adriana y Patricia Mesiano, escribieron juntas este libro, viviendo en continentes diferentes. Ambas aman el café porque fue y es su abrigo, compañero, amigo y confidente. Las ayudó a estudiar, a pensar y a entender. En algunas ocasiones le reprochan el no haberles permitido olvidar.



N 2: Subiendo la cuesta. Para leer textos de este libro ir a: relatostematicos.blogspot.com

Joan Manuel Serrat es, para las autoras de Subiendo la cuesta, un referente ineludible de todo lo que está bien, tanto por el contenido de las canciones, como por haberles hecho conocer, siendo ellas adolescentes, a muchos grandes poetas, entre ellos a Antonio Machado y a Miguel Hernández.


Serrat fue su maestro; y su Mediterráneo, un horizonte en sus vidas; por ello este mar recorre toda la obra de las mellizas Adriana y Patricia Mesiano.


La obra musical del Nano está reflejada aquí, en parte, claro, porque es inmensa; y también quedan plasmados los sentimientos de algunos de sus admiradores y seguidores, selección antojadiza de actos y circunstancias en las cuales las autoras esperan que gran parte de los lectores se sientan representados.


Más de veinte relatos breves para imaginar a gente muy diversa, en situaciones disímiles, que lo escuchan y lo aman; algunos que toman los mensajes de sus canciones como lecciones de vida; o una señora que imagina llegar a verlo sobre un escenario, siendo este un sueño alejado de su realidad.


En cada relato una historia, y en esas historias una o varias canciones de Serrat dándoles marco.




Biografía


Nacimos el 3 de noviembre de 1960, con cinco minutos de diferencia, en Buenos Aires, Argentina.


Parafraseando a Antonio Machado, hemos andado muchos caminos, y conocido a buena y mala gente; de todos ellos hemos aprendido. 


Creemos que vivir es mucho más importante que acumular. Escribimos para compartir reflexiones surgidas de las experiencias. 



Adriana Mesiano: 


Soy maestra especial. Entre mis mejores recuerdos están los años en los cuales enseñé a niños ciegos a leer y escribir, a patinar, a ser felices y buenas personas.


Actualmente vivo en un pequeño pueblo cercano a Torino, Italia. Me importan la espiritualidad, las terapias alternativas, las plantas medicinales y la alimentación saludable. 


Algunos de mis textos han sido publicados en periódicos y libros colectivos. Obtuve varios premios en concursos literarios.


Patricia Mesiano: 


Nací siendo comunicadora. Ejercí el periodismo en varias radios argentinas, algunas de alcance nacional y también en pequeñas emisoras comunitarias. Colaboré en diarios y revistas. Fui jefa de prensa de Editorial Colihue, y realicé la promoción de músicos argentinos y uruguayos.


Poco tiempo después de recalar en la literatura fui convocada por Editorial Planeta de Uruguay para participar en una novela escrita entre 25 personas. 


Luego de vivir en diferentes países decidí radicarme en San Marcos Sierras, un pequeño pueblo de calles de tierra al norte de Córdoba, Argentina.




Contacto:

WhatsApp: (solo mensajes) +54 9 3549 530 513


Mail: volviendo.patricia@gmail.com



Café pendiente.


Nápoles no susurra jamás, ella grita como su modo inequívoco de comunicar. No sonríe, ríe a carcajadas, porque es su manera de sentir. No da consejos, ordena. No amenaza, ¡dispara! Tiene la fuerza del volcán en su sangre, y no intenta disimularlo.

Para definirla no es suficiente con la expresión majestuosa o exuberante, porque Nápoles es mucho más que todo eso; es sentimiento a flor de piel con un enorme corazón abierto.

De esa ciudad del sur italiano eran los abuelos de Juan; él no los conoció, nació en Argentina y solo después de recibirse de médico se trasladó a Italia. Con los años terminó viviendo en la casa que ellos habían comprado antes de casarse, donde murieron con más de noventa años.

Al llegar allí encontró fotos de la familia que los ancianos habían recibido desde diversos países. Le emocionó descubrir su imagen junto a la de sus padres y hermanos, él tendría unos tres o cuatro años. Mirándolas supo que ese lugar le pertenecía, y que él pertenecía a ese lugar.

La casa tenía una cocina muy amplia, un pequeño baño y un dormitorio. Encargó su reparación: que cambiaran las cañerías y los artefactos del baño; que colocaran unas cerámicas verdes en una de las paredes de piedra de la cocina, justo detrás de la mesa, y pidió que le regalaran un nuevo color y una mayor firmeza a la cama. Hizo colocar las fotos en un marco de madera, añadiendo una suya siendo adolescente junto a sus padres, y otra actual, tal como estaba y se sentía, solo. Sabiendo que no podría tener hijos, deseó que sus sobrinos algún día le volvieran a dar vida a ese sitio y que fueran parte de ese pueblo.

En su nueva patria, ya con consultorio propio, se ganó el afecto del pueblo. A Juan lo llamaban Giovanni; por las veredas recibía palmadas en la espalda, abrazos, gestos de agradecimiento, y hasta los gritos de sus pacientes que desde los balcones le aseguraban que se sentían mejor. Para el milagro muchas veces recomendaba utilizar hierbas como: kalanchoe, lechero africano y artemisia annua, que le hizo conocer y le regaló un colega catalán, y él reproducía en su jardín.

Era martes, dejó sobre la pequeña mesa la cafetera aún tibia. Pensó que tomar un ristretto en el bar era otra cosa, tenía tiempo antes de ir a su trabajo.

Entró, miró al mozo y lo saludó, fue suficiente para que le sirvieran la que sería su segunda infusión esa mañana, acompañada por un babá relleno de chocolate. Los disfrutó sin sentirse culpable por el abuso de cafeína y azúcar, sin apuro porque nadie controlaba el horario de llegada a su consultorio médico, y sin nostalgias pues no tenía ganas de sentirlas.

Intentó pagar, pero no le cobraron. La cortesía era habitual desde que había logrado ganarle la batalla al cáncer que aquejaba a la madre del dueño del bar.

El médico se arrimó a la caja y abonó un café pendiente, es un café que queda pagado para que lo tome alguien que se encuentre en una mala situación económica. A Juan le duele pensar que una persona no pueda permitirse el deleite del consumo de la que él denomina la savia de la vida; le duele tanto como a los napolitanos.

El dueño del bar saludó al doctor y le pidió que al salir le avisara a Fernando, que estaba sentado en un umbral en la vereda de enfrente, que podía ingresar para disfrutar ese café. El argentino se giró, cubrió con lentitud los pocos pasos que lo separaban de la puerta del lugar, y no solo llamó al joven para que ingresara, decidió hacer algo más.

El indigente vio el gesto y entró al bar. Tenía la ropa gastada, el espíritu abofeteado y la cabeza gacha, pero se topó con una sonrisa de esas que barren las distancias y hacen saltar sobre los precipicios sin mirar abajo. Juan le preguntó si podía acompañarlo mientras tomaba su café. La charla fue amable y motivadora.

Fernando descubrió que podía luchar contra sus adicciones y soñar nuevamente; incluso se atrevió a volver a conjugar verbos en futuro. Dos meses más tarde tocaba el violín en la estación central de trenes y alquilaba una pieza en una modesta pensión. Cada día dejaba un café pendiente en algún bar con la esperanza de cambiar la realidad de alguien más.

La vida está llena de piedras volcánicas que pueden caer con fuerza inusual a kilómetros de distancia, provocando incendios y destrucción; o simplemente ser transformadas en piedra pómez y quitar los callos en unos pies doloridos, dejándolos listos para volver a caminar.

Nápoles es un volcán y Buenos Aires lava ardiente, juntas tuvieron la fuerza de generar el encuentro de dos almas

La ñata contra el vidrio.



De chiquilín te miraba de afuera

como a esas cosas que nunca se alcanzan…

la ñata contra el vidrio

en un azul de frío

que solo fue después viviendo,

igual al mío.

 Enrique Santos Discépolo.

(Fragmento de Cafetín de Buenos Aires)



La pequeña Sandra escuchó mil veces el tango Cafetín de Buenos Aires en un viejo vinilo que pertenecía al que sus padres llamaban el tío solterón, gran conocedor de ese ritmo y excelente bailarín. El tío Pepe fue a vivir con su hermano al perder el empleo, con cincuenta y nueve años; tenía el paso cansino, exhalaba desánimo y dejaba adivinar un dolor insistente que afloraba, sin su consentimiento, de sus ojos siempre húmedos. Aún recordaba la mesa en la cual había llorado su primer desengaño, y todos los otros.


La niña tenía el objetivo que le transmitió su madre: que Pepe lograra recuperar sus ganas de vivir. A Sandra le dolía la pena que intuía, aún sin comprenderla plenamente, y compartía con gusto las canciones favoritas de su tío. Con verdadero interés le preguntaba el significado de las letras e intentaba hacerlo reír.


Escuchaba, embelesada, cómo le cantaban a ese café de una Buenos Aires que apenas comenzaba a conocer; la estremecía esa letra y se imaginaba con la ñata contra el vidrio, espiando, aunque no sabía muy bien qué. Solo conocía de esos sitios el amor que por ellos le había transmitido Pepe, quien contó en sus charlas las características de las mesas, mostradores, pisos, lámparas y algunos otros detalles de la decoración de los cafés que más frecuentaba. Narró, sin darle mayores precisiones, la historia de su gran amor, que había comenzado un domingo soleado, con dos submarinos con churros en el Café Tortoni; y terminado frente a dos cortados en Los 36 Billares, a las tres de la mañana de un sábado lluvioso.


No había pasado un año desde que Pepe y su sobrina habían iniciado esos encuentros cotidianos, cuando Sandra se vio obligada a escuchar en soledad los discos de pasta. Los heredó, junto al amor por la noche y la bohemia de los cafetines.


El tango ligaba a esos sitios de encuentro con la filosofía, relación que sus quince años no le permitieron entender, hasta que encontró su propia filosofía de vida. Tampoco lograba desentrañar el significado de esa frase: …en un azul de frío, que solo fue después viviendo, igual al mío…, y si bien dedujo que no se refería al clima, lo comprendió mejor cuando ese frío la doblegó.


Creció de prisa y a los empujones. Con dieciséis años comenzó a limpiar casas y oficinas, y a los dieciocho se mudó a una pensión. A todo lo que le sucedía intentaba encontrarle su lado bueno, eso la salvó de sucumbir en muchos acantilados.


Luego de una larga temporada de incertidumbres y escasez de recursos, Sandra consiguió un trabajo mejor retribuido. Comenzó a compartir un modesto apartamento con una amiga. Parecía que el futuro comenzaba a encarrilarse. Fue entonces cuando pasó frente a un bar y se sintió dominada por aquella vieja sensación, entró y ya no pudo detenerse. Quiso colocar su nariz, que de ñata nada tenía, contra todos los vidrios que iba encontrando; sentía que espiando esos interiores conocería el mundo.


Comenzó a abrir cada puerta con el silencioso respeto con el que se entra a un lugar mítico, tratando de descifrar su energía; y creyó escuchar los secretos que se contaban, en voz baja, los espectros que habían decidido quedarse a vivir allí.


Entendió que la finalidad de los sitios que comenzaba a amar no se limitaba al consumo de alguna bebida o comida ligera, o al descanso, sino que iba mucho más lejos. Los vivió por fin, y forjó en los bares sus amistades, aprendió a pensar, a dudar, a discutir, a callar...; también se enamoró varias veces y cargó sentimientos de abandono que la acompañaron siempre.


Supo que entre esas paredes se discutieron y tomaron forma muchísimas ideas, y que también quedaron dormi-das, o muertas sobre sus mostradores, las más grandes ilusiones. Creía, pues, que ideas e ilusiones existían y estaban allí; vagando, almacenadas, o tal vez jugando entre ellas, ya que por algo eran hermanas.


Los recorría, los vivía. De estilo art nouveau, renacentista, le daba igual. Lo que se imponía en su enamoramiento era la sensación de que esos lugares albergaban todo el fervor compartido allí, y todo el dolor y el miedo que la gente había intentado espantar. Hasta creía poder sentir la construcción y destrucción de proyectos que estuvieron madurando en sus mesas.


Fue visitando y escudriñando cada detalle de los cafés tradicionales, cuyas historias conoció en el libro que le regaló José Luis González, dueño de un boliche, alguien que fue muy importante en su vida. Ella lo amó profundamente, sin atreverse nunca a pedirle que se quedara, ni que la llevara con él. Había muerto Franco y la patria lo esperaba. A su pequeño pueblo del norte español volvía sin su esposa, pero no podía llegar con otra, con una jovencita extranjera quien sería considerada una amante; no, él sentía que no podía, y ella lo aceptó.


No era su intención dedicarse a lo que se dedicó, pero Sandra ya no era una jovencita, no conseguía trabajo como limpiadora, ni siquiera en fábricas; ya no sabía cómo hacer para seguir sobreviviendo. En ese momento le llegó la idea, se la transmitió una amiga que se ofreció a ayudarla. Le pareció una solución temporal, pero terminó siendo su destino. Dedicarse a fingir es lo que hace gran parte de la población, se dijo, y ese pensamiento la alentó; dedujo que, profesionalizar y utilizar esa mentira, aceptada y compartida, no era tan malo. Lo siguió haciendo sin pensarlo más; trabajaba por su cuenta (y riesgo), en los que llamó museos de la vida.


Con el tiempo tomó la decisión de comenzar a retratar los exteriores, y tomarse fotos en rincones de los cafés que más le gustaban. En esas imágenes nunca faltaba algún objeto iluminado en demasía; ella quiso creer que era evidencia de los seres que se negaban a abandonar aquellos espacios.


En el bar que utilizaba para captar clientes, con un doble bien cargado delante, abrió el resultado que decía lo que ya sabía: tenía los días contados, en ese mezquino resto se adivinaban enormes sufrimientos. Estaba a punto de llorar cuando vió que el mozo, con su poco disimulado gesto, le señalaba a un señor mayor el rumbo de lo que buscaba. No era el día y mucho menos el momento adecuado, pero en sus años de profesión jamás había visto tanta pena junta, ni un rostro suplicando así una palabra de comprensión, ni una piel que reclamara de tal modo una caricia. Total, se dijo, lo entretengo un rato, y charlar me hará bien a mí también; aceptó con cortesía la invitación del señor, y le regaló algo de lo que estaba necesitando.


Él contó sus nacimientos y sus muertes; decoró el paseo con colores exóticos que seguramente no existieron, y minimizó sus angustias por no volver a sufrir. Ella preguntó lo justo, demostrando interés sin ser atrevida, sabía muy bien cuál era la medida. Se produjo un silencio, que Sandra llenó enseguida para que la situación no fuese más chocante. Le agradeció la enriquecedora charla con la cual, de algún modo, ella también había conocido otros sitios. «Yo nunca salí de Buenos Aires», le contó. A renglón seguido le pidió disculpas y le dijo que necesitaba estar un rato sola, que había recibido una noticia muy importante y sentía que era el lugar y momento de digerir su contenido. Mientras hablaba colocó su mano encima del sobre. 


—Si tiene ganas de venir mañana —le aseguró, mintiendo por última vez— aquí me encontrará.


«Acá están todos locos, pensó el hombre en voz baja mientras se alejaba, una puta, en lugar de decirme su tarifa, me da charla y me invita para el día siguiente».


En su mochila Sandra había llevado la decisión, el valor y las pastillas. Sentada frente al espejo, esa noche no espió las 

vidas ajenas, repasó la suya. Pasó en limpio la filosofía que la 

había guiado, y comprendió que el azul de frío del tango preferido de su tío, le estaba calando los huesos. Se quedó allí, en la silla tan perfecta de esa mesa que la cobijó como ninguna; con el sabor del café en su boca y su fantasmita preferido sonriéndole como jamás le había sonreído la vida.


Al día siguiente el cliente regresó, con menos ganas y más curiosidad; el mozo le contó lo sucedido.


—¡Mierda, si hay gente más jodida que yo! —respondió apesadumbrado, en voz baja por respeto. Salió, se sentó en el bar de enfrente, e intentó entender qué estaba buscando.